Insulina, historia y algo más.

 

Rosa María Aguilar Tlapale MC EDC

 

Si no te tomas la medicina le diré al doctor que te recete inyecciones…si no sigue mis recomendaciones le voy a recetar insulina. Si me recetan insulina me voy a volver dependiente y no la voy a poder dejar…si me recetan insulina quiere decir que estoy muy enfermo…por favor doctor, deme una oportunidad, haré todo…pero no me recete insulina…”

Estas son algunas de las creencias que giran en torno al tratamiento con insulina y hace que olvidemos el maravilloso legado de los hombres de ciencia que lo hicieron posible.

Culturas tan antiguas como la Egipcia e India habían descrito un padecimiento que hoy podemos suponer como diabetes. Alrededor del Siglo I después de Cristo Celsus y Areteus describieron una enfermedad que hacía que la gente tuviera mucha sed y orinara mucho, literalmente se consumían y en poco tiempo morían. Pocos siglos después se describe algo dulce, que podría ser azúcar, en la orina de estas personas. Esta orina atraía a las hormigas. Más tarde se constató su sabor dulzón.

En la segunda mitad del siglo XIX, estos descubrimientos se incrementaron rápidamente. Al mismo tiempo la ciencia médica empezaba a entender cómo eran los procesos que nutrían y aportaban energía a nuestro cuerpo. Uno de los primeros descubrimientos fue  que nuestra sangre contenía un tipo especial de azúcar, la glucosa. Claude Bernard, un gran fisiólogo, descubrió que la glucosa se podía almacenar, en una forma especial llamada glucógeno, en el hígado. También descubrió que el páncreas, independientemente de producir jugos que intervenían en la digestión, también tenía otro tipo de función independiente que estaba estrechamente relacionado con la forma en que el organismo utilizaba la glucosa.

Al poco tiempo, más y más científicos interesados en nuestras funciones internas empezaron a investigar esa misteriosa sustancia. Encontraron que si le quitaban el páncreas a un perro, rápidamente empezaba a orinar glucosa y moría en poco tiempo. Otros ligaban el conducto que vierte el jugo del páncreas al tubo digestivo, y poco tiempo después extraían el páncreas con la esperanza de aislar la sustancia.

En ese tiempo un joven médico, de tan solo 22 años, Paul Langerhans describió un tipo especial de células agrupadas en el cuerpo y cola del páncreas; estas células agrupadas se conocen como Islotes de Langerhans. Su relación con la producción de insulina vendría más tarde.

En Paris, en la primera década del siglo XX, Lanceroux y Paulesco estudiaban meticulosamente la relación que podría existir entre el páncreas y la eliminación de azúcar en la orina. Pensaban que  el páncreas estaba relacionado con la diabetes. Ya en Bucarest, de donde era originario, el Dr. Nicolae Paulesco continuó con estos estudios y demostró que en el páncreas existía una sustancia a la que llamó pancreína, que no solo hacía descender el nivel de glucosa en sangre, sino también eliminaba la presencia de cetonas y hacía que el hígado sintetizara glucógeno.

Desafortunadamente la ocupación de Bucarest en 1916 hizo que interrumpiera bruscamente sus experimentos. El publicó sus resultados en 1921, y en ese momento un error en la traducción al francés hizo que su gran descubrimiento pasara desapercibido y permaneciera ignorado.

Afortunadamente la creatividad en la ciencia y la sed de conocimiento para buscar respuestas hizo que un cirujano; el Dr. Charles Banting decidiera investigar una forma para obtener y aislar la sustancia que producía el páncreas y que podría evitar que la gente muriera de diabetes.

En el plano personal, el había vivido la experiencia de ver morir a una joven condiscípula de 14 años por diabetes; una joven alegre y vital que rápidamente se había consumido perdiendo la vida en poco tiempo. Esa inquietud hizo que en 1921 se dirigiera al investigador en fisiología más famoso de la Universidad de Toronto, el Dr. John McLeod, a quien y con un presupuesto de 100 dólares  pidió asesoría y un lugar para su experimento.

Con gran escepticismo el Dr. McLeod le permitió usar su laboratorio asignando al joven estudiante Charles Best como su ayudante, con la condición de terminar durante el verano, que al corresponder al periodo de vacacional no interfería con sus actividades.

“¿Lees en francés? “Fue la primera pregunta que le hizo Banting a Best; sí, contestó el otro. “Entonces vamos a leer como se debe ligar el conducto pancreático…” y así empezó la zaga. Prácticamente no dormían, la primera vez que lo intentaron no lograron el resultado deseado, pero eso no los desanimó; el Dr. McLeod aún se encontraba en Europa y no se enteraría si ellos aún continuaban en el laboratorio.

Con gran ansiedad obtuvieron el primer extracto de páncreas, lo agregaron a un tubo de ensayo para ver si disminuía el nivel de azúcar. Los minutos que precedieron a la lectura del cambio de color en el reactivo para saber si lo habían logrado fueron eternos, si había azúcar el color sería muy intenso, si había descendido, el color sería débil. El color confirmó que lo habían logrado. Ahora vendría lo más difícil, repetir el procedimiento para confirmar que no había sido casualidad. Poco después lo empezaron a inyectar a los perros a los que les habían extraído el páncreas y que estaban muriendo. ¡Los perros se recuperaron, se levantaron e incluso movían la cola!

Un perro en especial era su favorito, había aprendido a sentarse y extender la pata para que le aplicaran la insulina y le tomaran muestras de sangre. La historia no termina aquí, debían obtener la insulina suficiente, el extracto de un páncreas apenas alcanzaba para una dosis. En ese momento se les ocurrió que podrían obtenerla de reses nonatos que podían regalarles en el rastro.

Enfrente del laboratorio se encontraba un orfanato donde Leonard Thompson se consumía irremediablemente por la diabetes. El director conoció de los experimentos y solicitó el tratamiento para Leonard. Banting y Best se sintieron nerviosos, aún no habían experimentado en humanos, pero el niño moría frente a sus ojos. Uno a otro levantaron sus camisas y se aplicaron una dosis, solo les provocó un pequeño enrojecimiento. Se dirigieron al Orfanato y aplicaron la insulina. En pocos días el niño se levantó de la cama y se reincorporó a la vida.

Ellos publicaron sus trabajos y les fue otorgado el premio Nobel en 1922. La noticia corrió rápidamente por todo el mundo, llegaban cartas y cartas solicitando la insulina. Banting y Best decidieron donar su descubrimiento a la humanidad y vendieron la patente de la insulina por un dólar a la universidad de Toronto. Autorizaron la producción y pronto Lilly y Novo empezaron a sintetizar insulina. Grandes y reconocidos científicos pudieron salvarse gracias  a su tratamiento con insulina; su vida productiva ha generado grandes avances en los conocimientos médicos.

Quizás uno de los epitafios más impactantes y contundentes fue el mencionado en una reunión de personas con diabetes, quienes dijeron: “no sería posible que estuviéramos reunidos aquí si no fuera por la insulina. En lugar de eso seríamos un montón de despojos humanos”.

Es por eso que el 14 de noviembre, día del nacimiento del Dr. Banting, se eligió para aumentar la conciencia del riesgo que implica para las personas la diabetes no controlada y no tratada.

El 14 de noviembre, día mundial de la diabetes, debe no solo despertar nuestra conciencia; también debemos celebrar esta nueva oportunidad de vida.

Cuando su médico le diga que necesita insulina no sienta temor, la insulina actual es prácticamente igual a la que produce su cuerpo, dese la oportunidad de tener una nueva vida al recibir esas gotas de vida. Es inyectada, sí; pero las agujas ahora son muy pequeñas, existen incluso “plumas” especiales que reducen el temor a las jeringas. Manténgase sano mientras la ciencia avanza y nos da nuevos tratamientos y quizás una cura. Este 14 de noviembre, dese la oportunidad de cambiar su vida, si le han dicho que necesita insulina acepte el tratamiento y celebre la vida.